Editorial

Editorial: La dignidad de unos zapatos gastados

Ilustración de Doc Pastor + Joseba Morales

Se observan en la calle, en las esquinas, en los oscuros túneles y en los comedores sociales diferentes tipos de pobres. Está el vagabundo clásico, con su olor deshecho, sus barbas, sus papeles de periódicos y bricks de vino. Está, dentro de estos, el lisiado que no adolece de escrúpulos para enseñar sus estigmas como reclamo económico. El ingenioso, que te vende un poema, una canción, un espectáculo callejero. Están los que te piden con sus hijos o con sus perros. Están los que no te piden. Están los que piden pero les duele haber llegado a eso.

Hace ya tiempo que más de 8 millones de españoles cayeron en aquello que llaman la pobreza. Que no cubren esos mínimos económicos para hablar de lo que se dio en llamar clase media, en lo que se dio en llamar Sociedad del Bienestar. Esta expresión hoy en día da risa si es que no duele.
Desde siempre os más jóvenes han estudiado aquellos sistemas de organización de la sociedad de siglos y civilizaciones anteriores. La injusta polis griega, aquella protodemocracia donde sólo una minúscula parte de la población eran ciudadanos y podían votar. O el feudalismo, donde los súbditos eran posesión del amo y le araban las tierras. Es difícil olvidar aquel principio de la revolución industrial, con aquellos adultos, niños y ancianos que trabajaba horas y horas de trabajo bajo condiciones imposibles para compatibilizar con una salud mental o física. A los alumnos se les cuenta que en aquellas sociedades la inmensa mayoría de la gente no tenía voz. Ni voto. O más importante aún: juicio.
En Madrid ir en el metro (“Metro de Madrid. El mejor del mundo. Útilízalo.” reza esta nueva campaña que Esperanza Aguirre que se esputa cual amenaza contra posibles y futuras críticas ante la subida de sus precios nunca en relación con la subida del capital del hogar medio) es muchas veces sinónimo de bajar al infierno. Hay mucha gente y en general, por los contrastes de temperaturas y falta de higienes de personas concretas, huele mal. Pero basta alzar la vista para ver que los que allí se enouentran son parte de ese 99% de la sociedad. Que si este o aquel parecen más ricos o “austeros” que el otro será por cuestión de 500 euros/mes. De 1000 euros. 2000 euros como mucho. Por el uso masivo y habitual del transporte se desvirtualiza la imagen. Es como si esa diferencia de 2000 euros fuese la diferencia entre la prosperidad económica y la miseria. Es necesario darse cuenta que todos los que bajan al infierno son lo mismo.
Es inevitable, después de llegar a esta conclusión, mirar alrededor y prestar atención al aspecto de cada usuario. Los sudamericanos con sus mochilas, el marroquí con sus pantalones cargo llenos de bolsillos. La pareja musulmana con burka y niño. Tampoco es sólo cuestión de inmigrantes de primera generación. Aquí una choni, con su jersey rosa de Billabong. El joven melenudo con su chupa de cuero llena de chapas. El señor que ronda la cuarentena con sus chinos y polo de Ralph Lauren. La señora mayor a la que no le explicaron que llevar diferentes estampados es de mal gusto. Las amigas quinceañeras con sus blackberrys y sus cintas indias en la cabeza, el treintañero con gafas de metal y con camiseta de Muse. La pareja de 50 años que ya no acostumbran a usar el metro.
Todos tienen una higiene muy alta. Todos llevan móviles a la última. La mayoría leen en el camino. Todos ellos estarán altamente informados. Todos ellos se habrán gastado entre 150 y 500 euros en ropa en 2010. Y sin embargo, todos tienen algo de estampa de posguerra. Se palpa en los vagones. Son pequeños detalles.
Tal vez el tipo de pobre que más llamativo se hace para muchos es el que se camufla. Años atrás, en la prosperidad económica había un personaje que sobresalía son pretenderlo. Era ese señor repeinado, aseado, con un lenguaje corporal de bastante altivez, incluso llevaba traje. Pero un pequeño signo revelaba su condición de pobre. Fijándose bien en sus pies se veía que los zapatos, aunque elegantes y de cuero, están terriblemente gastados. El uso y abuso no perdona. Siempre son pequeños detalles. Cualquiera debería releer aquellas Uvas de la Ira de Steinbeck, donde sus protagonistas tenían toda la dignidad que les permitía su situación. Dignidad es hoy también una palabra muy importante.
A muchos se les engañó con la ilusión de pertenencia a una irreal clase media, poco a poco se van dando cuenta más que nunca de que nunca dejaron de ser pobres. Da igual que parezca que de momento en sus hogares se puede llegar a fin de mes o que crean que no forman parte de los que han caído por debajo de la franja del umbral de pobreza. Aunque ahora sean licenciados en farmacología, aunque sean biólogos, ingenieros o economistas. Aunque estén constantemente informados, aunque lean libros gordos y complicados. Aunque puedan viajar en avión en vuelos low cost. Aunque vayan a la moda, tengan estilo, sean de alguna tribu urbana o clase intelectualmente elitista. Aunque estén a la última en tecnología, sepan manejarla, sepan hacer buenas fotos, o hagan cortos.
Basta echar la vista atrás para saber que, efectivamente, ese 99% de la población sigue siendo la que no importa. Pobres. Miserables y pobres. Que no tienen voz. O voto. ¿Y siguen sin rebelarse contra sus dueños? Más importante aún: no tienen juicio.

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